Durante cuatro décadas, AENOR ha acompañado de cerca la transformación del tejido empresarial español. Nació en 1986, coincidiendo con la entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea y en un momento en el que era necesario demostrar que los productos españoles podían competir bajo los mismos estándares de calidad que los europeos. Cuarenta años después, el concepto de competitividad se ha ampliado: sostenibilidad, ciberseguridad, inteligencia artificial, buen gobierno o impacto social forman ya parte de la ecuación. Para Rafael García Meiro, CEO de AENOR, hay una variable que conecta todas esas dimensiones: la confianza. Una confianza que ayuda a reducir riesgos y costes, facilita las transacciones y diferencia a las empresas que son capaces de demostrar que hacen bien las cosas.
Competitividad y confianza son dos elementos que van unidos. Una organización no se relaciona únicamente con sus accionistas, sino también con empleados, clientes, proveedores y su entorno, y generar confianza en todos ellos es lo que permite, en último término, reforzar su competitividad.
Cuando esa confianza no existe aparece lo que algunos autores denominan ‘el coste de la no confianza’, una especie de impuesto invisible que encarece las transacciones: pero cuanta más confianza existe en un mercado, más rápidos y fluidos son los intercambios. Ahí es donde trabaja AENOR; nuestro propósito es generar confianza entre organizaciones y personas y, a través de ella, contribuir a transformar la sociedad.
Nacimos en 1986, cuando España entraba en Europa, y entonces existía una brecha muy clara: demostrar que nuestros productos industriales tenían la misma calidad que los europeos. El foco estaba en la certificación de producto y en los estándares de calidad medida en atributos técnicos. Hoy nadie duda de la calidad de lo que se produce en España, pero a medida que esa brecha se fue cerrando, aparecieron otras. Primero fueron cuestiones como la sostenibilidad, la innovación o la internacionalización y, más recientemente, ámbitos como la ciberseguridad, la inteligencia artificial, la gobernanza o los valores que la sociedad demanda a las empresas.
Ahí es donde entra nuestro modelo de innovación, que consiste primero en identificar esas preocupaciones sociales y sectoriales. Si no existe un estándar, buscamos buenas prácticas generalmente aceptadas y mecanismos que permitan verificar y señalar a quién está haciendo las cosas bien. Y, finalmente, generar confianza sobre quienes realmente están aplicando los estándares o las buenas prácticas con rigor.
La primera utilidad es minorar riesgos. Cuando certificamos algo verificamos que una organización ha puesto los medios adecuados para prevenir unos riesgos y gestionarlos de acuerdo con las mejores prácticas disponibles. Además, la certificación permite demostrar compromisos en ámbitos como la seguridad de los trabajadores, la protección de determinados colectivos, la sostenibilidad o el buen gobierno. Lo importante es que no se queden en simples declaraciones, sino que exista una verificación independiente detrás, por una entidad que despierta confianza. Hoy, en España el 76% de la sociedad asocia AENOR con el reconocimiento a las cosas bien hechas.
Y después está el acceso a mercados. Los estándares internacionales permiten acreditar ante clientes y cadenas de suministro determinados niveles de calidad y gestión, además de facilitar el cumplimiento de regulaciones complejas y aportar seguridad jurídica. Es, por tanto, una herramienta de diferenciación y competitividad.
Finalmente, no podemos olvidar que la certificación permite transmitir mensajes a los grupos de interés con mayor grado de credibilidad o acceder a beneficios como desgravaciones fiscales o preparar a las organizaciones para cumplir con la regulación futura.

En los últimos diez años hemos atravesado distintas etapas en nuestra transformación: primero, la separación funcional entre la actividad de normalización, que corresponde a UNE, y las actividades empresariales y mercantiles de AENOR; que en la siguiente etapa dio paso a un proceso de vertebración interna y de profesionalización de la gestión. Nos hemos “ganado el derecho a crecer”, en el sentido de que una empresa solo puede construir nuevos horizontes de crecimiento si demuestra capacidad de gestionar y rentabilizar su negocio principal. Por eso ahora entramos en una nueva fase, que denominamos “giro hacia el mercado” en la que vamos hacia la verticalización de la oferta y que busca conocer mucho mejor determinados sectores y sus cadenas de valor para poder darles una respuesta más ajustada. Nuestra aspiración es seguir creciendo y convertirnos en una “plataforma iberoamericana de la confianza” capaz de competir globalmente.
Esa orientación tiene mucho que ver también con nuestro modelo de propiedad y de gobierno. En cuanto al modelo de gobierno, la Corporación Confidere, presidida por Alfredo Berges, agrupa a las distintas sociedades de AENOR. La que concentra la actividad de evaluación de la conformidad es AENOR Confía y está presidida por Antonio Garamendi; tiene oficinas en todas las Comunidades Autónomas y filiales en 13 países, aunque opera en cualquier parte del mundo donde un cliente tenga un centro de trabajo. También hemos creado AENOR Conocimiento, línea de negocio independiente desde la que distribuimos contenidos normativos, formamos sobre los estándares y catalizamos la transformación de los negocios de nuestros clientes. Quiero agradecer tanto a Alfredo como a Antonio, y a los Consejos de Administración que presiden, su contribución a que las estrategias que adoptamos sean buenas para AENOR, pero también para la sociedad.
Desde el punto de vista de la propiedad, AENOR está participada al 100 % por UNE, Asociación Española de Normalización, en la que están representadas organizaciones sectoriales, administraciones públicas y grandes empresas. La relación entre UNE y AENOR puede describirse como un ciclo de valor. En primer lugar, UNE articula el consenso normativo en España y dota de institucionalidad al sistema. En paralelo, AENOR observa las necesidades de clientes y cadenas de valor, facilita la implantación, verifica evidencias y devuelve conocimiento de las cadenas de valor. Todo ello nos permite mantener una conexión muy directa con las necesidades del tejido productivo español.
Todo esto sucede, además, en un contexto de transformación profunda, marcado por cuatro grandes tendencias: el paso de la globalización a una mayor regionalización económica; el impacto creciente de la tecnología, especialmente de la ciberseguridad y la inteligencia artificial; la necesidad de controlar cada vez mejor las cadenas de valor; y una mayor exigencia de trazabilidad sobre los compromisos que asumen las empresas con la sociedad.
Las pequeñas y medianas empresas son, en muchos casos, proveedores de grandes compañías y forman parte de sus cadenas de valor. Mientras que las grandes organizaciones suelen tener capacidad para cumplir estándares internacionales muy complejos, una pyme puede no disponer de esa misma masa crítica. Por eso, la solución no puede pasar por exigir exactamente lo mismo a todos, sino por desarrollar modelos de verificación adaptados a cada realidad. Una pyme quizá no necesite cumplir un estándar completo, pero sí acreditar aquellos elementos fundamentales que requiere la compañía de cuya cadena de suministro forma parte. Y eso es precisamente lo que estamos haciendo, tanto con modelos específicos de confianza verificable, como a través de unidades de evaluación de la conformidad especializadas en pymes como Cámara Certifica, en la que contamos como socios a la Cámara de Comercio de Madrid.

La Inteligencia Artificial supone una enorme oportunidad. La tecnología, por sí misma, no es buena ni mala; lo decisivo es cómo se utiliza, y ahí la gobernanza juega un papel fundamental. Lo primero que debe hacer una organización es definir sus principios: qué quiere permitir, qué quiere evitar, qué sesgos considera inaceptables o qué nivel de transparencia quiere garantizar. A partir de ahí, las organizaciones necesitan mecanismos que permitan comprobar que esos principios realmente se cumplen.
Ya existen estándares como la ISO 42001, que permiten implantar sistemas de gestión de IA, que se centran en su gobernanza consciente basada en principios definidos previamente por los consejos de administración. En definitiva, la capacidad para hacer un buen uso de esta tecnología acabará diferenciando competitivamente a unas organizaciones de otras y a unas sociedades de otras.
Los valores son atributos de las personas, pero las organizaciones están formadas por personas que actúan aplicando los procesos definidos. Lo que podemos verificar son comportamientos homogéneos y evidencias concretas y, cuando los comportamientos son consistentes con los valores declarados, podemos concluir que dichos valores forman realmente parte de una organización y que, además, pueden convertirse en una ventaja competitiva. El cambio fundamental es que ya no basta con decirlo, debes actuar consistentemente y poder acreditarlo.
En el ámbito de la gobernanza, además, se abre un espacio especialmente relevante en torno a las empresas no cotizadas y, en particular, a la empresa familiar. Hay muchas empresas familiares españolas con una gobernanza sólida que merece ser reconocida. Por eso hemos desarrollado un modelo específico para empresas no cotizadas, con especial foco en la empresa familiar, ofreciendo una forma objetiva de acreditar cuándo el gobierno corporativo funciona adecuadamente.
Queremos dotar a esas empresas familiares, que están haciendo bien las cosas, de una herramienta por la que puedan demostrar los valores y el propósito que suele ser consustancial a una empresa que ha nacido en el seno de una familia. Ahí es donde “lo bien hecho” deja de ser solo reputación y se convierte en confianza y, finalmente, en ventaja competitiva.