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El síndrome de Peter Pan: por qué las empresas españolas tienen miedo a crecer

Se dice habitualmente que España es un país de pymes. Y es muy cierto. Lo más normal es que un español no tenga ni siquiera compañeros de trabajo, puesto que de los 3,18 millones de empresas que tiene registrados el Directorio Central de Empresas (DIRCE) del INE, casi 1,8 millones están sin asalariados. Y alrededor de 1,3 millones son microempresas con menos de 10 trabajadores. Por lo tanto, en España sólo 120.000 compañías (menos de un 4% del total) pasan de esa cota de 10 empleados, y tan sólo 1.700 (un 0,05%) entrarían en la definición de gran empresa (por encima de los 500 empleados).

La comparativa con los mercados de referencia en Europa o con Estados Unidos es demoledora. Según datos del estudio “Demografía empresarial en España: tendencias y regularidades”, elaborado por los investigadores José Carlos Fariñas y Elena Huergo para Fedea, por término medio, las compañías de este país dan trabajo a 4,6 personas, mientras que las germanas llegan a la docena. Otro dato concluyente. En Alemania, las microempresas sólo generan el 20% del total de empleo del país, la mitad que en España. En cambio, el empleo generado por las compañías españolas que superan los 250 puestos de trabajo es el 27% del total, mientras que sus homólogas en Alemania dan trabajo al 37% de la masa laboral, y en el Reino Unido, al 46%, según la Fundación BBVA.

¿Por qué nuestras empresas no crecen?

Lo primero que hay que advertir es que no hay una única respuesta. Consultados para este post, los investigadores José Carlos Fariñas y Elena Huergo remiten a factores históricos, económicos e institucionales. Si se echa la vista atrás, la explicación del excesivo minifundismo empresarial en España tiene como origen una excesiva protección del mercado interior durante largos periodos de tiempo, lo que contrasta con la apertura de otros mercados europeos que forzaron a sus compañías a ganar talla empresarial para salir adelante.

Un factor más actual está en la escasa calidad de la gestión empresarial y en la falta de emprendedores. Y, por último, también hay factores institucionales que explican la renuencia de las empresas españolas a ganar tamaño. Fariñas y Huergo recuerdan que España se sitúa en una posición rezagada en el índice Doing Business del Banco Mundial, que mide la facilidad para hacer negocios en países de todo el mundo. Y que en otro índice de la OCDE que mide los obstáculos a la iniciativa empresarial, España se sitúa en el extremo de máxima restricción, sólo por debajo de Turquía, Israel y México.

Además, la regulación fiscal y laboral en España tiene efectos indeseados y en muchas ocasiones desincentiva el crecimiento empresarial. Hay muchos ejemplos. La obligación de una auditoría externa de las cuentas para las empresas con más de 50 trabajadores y una cifra de negocio por encima de los 5,7 millones de euros al año; los menores tipos en el impuesto de sociedades para las firmas con menos de 5 millones de euros en ventas y menos de 25 trabajadores en plantilla (algo que, por cierto, desaparece a partir de este año); el mayor control fiscal y la probabilidad de inspección cuando se superan los 6 millones de ingresos al ejercicio, pues estas empresas se integran la Unidad de Grandes Contribuyentes y el IVA empieza a liquidarse mensualmente; las bonificaciones a la Seguridad Social derivadas de la contratación en empresas de menos de 50 trabajadores; posibilidad de que los trabajadores creen un comité de empresa cuando se rebasa la cota del medio centenar de empleados… Con todo ello, muchas empresas sufren lo que se llama el “efecto esquina”, es decir, sucumben al sobreesfuerzo que supone para ellas crecer cuando llegan a un determinado nivel (“la esquina”) establecido por la administración.

Alicia Coronil, directora de economía del Círculo de Empresarios, dice que, además de las barreras regulatorias, también hay que tener en cuenta que España es un país con un tejido muy volcado en un sector servicios caracterizado por “una escasa intensidad de capital tecnológico”.

La productividad se resiente

¿Cuáles son los problemas de tener empresas con complejo de Peter Pan, que no quieren crecer y, por tanto, perdurar en el tiempo? Hay que decir que con esta situación se resiente toda la economía del país y también las expectativas de la propia compañía que se resiste a avanzar.

Lo primero que sufre es el nivel medio de productividad de la economía española, un concepto muy ligado a la eficiencia, pero también a las dimensiones de las unidades productivas. “En promedio, las empresas más grandes son más intensivas en capital físico, humano y tecnológico, tienen una mayor probabilidad de exportar, acceden con más facilidad a la financiación y presentan mayores tasas de actividad innovadora”, recuerdan Fariñas y Huergo.

Los dos investigadores calculan que, si las empresas españolas tuvieran el tamaño de las alemanas, el nivel de productividad se elevaría automáticamente un 14%. Alicia Coronil, del Círculo de Empresarios, también calcula que, de contar con la misma composición empresarial del país germánico, aquí habría 12.000 nuevas empresas medianas y se generarían 400.000 puestos de trabajo adicionales.

Por lo tanto, el aumento del peso de los empresarios autónomos durante la crisis, como respuesta de muchos trabajadores a encontrar empleo, no es una buena noticia si queremos resolver los problemas de productividad del país. Y es que en muchos casos, estos nuevos emprendedores tienen un perfil educativo bajo y se dedican a actividades de escaso contenido tecnológico y de valor añadido.

Además, cuanto mayor es una empresa, mayor es su capacidad de competir en los mercados. Que una compañía crezca le permite beneficiarse de economías de escala que reducen los costes de producir un producto. Asimismo, vender en el exterior o innovar supone un gasto inicial irrecuperable que es más asumible cuando la empresa es grande y tiene acceso a buenas líneas de crédito, algo que no suelen disfrutar las micropymes. Así, la propensión a exportar aumenta a medida que la empresa crece. Como recuerdan desde el Círculo de Empresarios, en España exportan el 90% de las grandes empresas, el 80% de las medianas y sólo el 30% de las de menos de 50 empleados.

Los pequeños echan el cierre antes

Otro problema del tejido empresarial español es su alta tasa de mortandad. En España se crean empresas a un ritmo similar al de otros países europeos, pero aquí son muchas más (en porcentaje) las que echan el cierre pronto y también son muchas las que no generan empleo adicional, manteniéndose con menos de 10 empleados y volúmenes de facturación bajos. Eso contribuye a que España tenga unos niveles de desempleo desproporcionados en comparación con los vecinos europeos.

Según un informe de este año de la Fundación BBVA, el 61% de los proyectos de empresa sin asalariados no llega a los cinco años de vida, frente al 48% de Francia o al 54% de Italia. Más datos: según el DIRCE, sólo un 14% de las empresas con 20 o menos empleados cumple 20 años de vida en España, mientras que esta ratio se eleva al 43% en las empresas con más de 20 empleados. El mismo documento de la Fundación BBVA asegura que la menor supervivencia empresarial se debe a la carestía en recursos humanos y financieros adecuados para alcanzar un tamaño que les haga aprovechar economías de escala y ser más productivas.

¿Cómo cambiar la situación?

Cambiar el tejido productivo de un país y, en el caso de España, hacer que sus empresas ganen en tamaño, no es fácil. Pero aquí van algunas propuestas. En primer lugar, habría que revisar las regulaciones que provocan efectos indeseados. Es decir, limar esas “esquinas” que desincentivan la expansión de una compañía. Y ¿cómo hacerlo?

Pues dulcificando o haciendo graduales los umbrales, para que no nos encontremos con un número inusual de empresas aguantando con menos de 5 millones de euros en ingresos y 25 empleados en plantilla por el solo hecho de beneficiarse de un trato fiscal favorable en el impuesto de sociedades, por ejemplo. Es decir, acabar con los llamados “efecto escalón” en la distribución de las empresas por tamaño.

Alicia Coronil, del Círculo de Empresarios, considera conveniente elevar estos umbrales, tomando como referencia las cifras de facturación y de empleados medios que caracterizan a una mediana empresa en Alemania o el Reino Unido. Esto supone que una compañía de tamaño medio debería tener como mínimo 100 empleados y 20 millones de facturación [ahora, según el DIRCE, este umbral está en los 50 empleados].

La OCDE, el FMI o el Consejo Europeo también recomiendan con insistencia el cambio de estas regulaciones que en origen estaban bienintencionadas, pero que, con el paso del tiempo, se han convertido en un obstáculo al crecimiento. De todas formas, ha habido avances. La Ley de Apoyo a los Emprendedores y su Internacionalización (2013), la nueva Ley Concursal (2015) o la Ley de Fomento de la Financiación Empresarial (2015) son ejemplos en este sentido.

También es necesaria la colaboración empresarial para abordar proyectos más grandes y complejos, y con vocación más internacional. Es una asignatura pendiente de las compañías y los gerentes españoles, que muchas veces son remisos a trabajar codo con codo con terceros por temor a perder el control de los clientes.

En muchos casos, la decisión de no crecer es un asunto familiar. Por eso, las empresas familiares necesitan asesoramiento y una gestión muy profesional para dar el salto. Y eso se logra con una mejor formación de los cuadros directivos. Porque de nada serviría cambiar el marco regulatorio si luego las personas que tiene que tomar decisiones no están preparadas u optan por el inmovilismo.

Y, por último, también es necesario diversificar las fuentes de la financiación empresarial en España, puesto que hasta ahora siempre ha sido la banca la que ha alimentado el crédito a las pymes, pero ahora existe un nuevo abanico de posibilidades, como el crowdfunding (la microfinanciación), los business angels o el MAB (Mercado Alternativo Bursátil), que también pueden dar alas al crecimiento y acabar con todos los complejos.

Redacción APD
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