En un contexto geopolítico cada vez más incierto, Europa necesita reforzar su autonomía estratégica en sectores clave como la alimentación, la energía o la tecnología. Navarra y La Rioja tienen la oportunidad de convertirse en referentes europeos en varios de estos ámbitos si son capaces de combinar tradición industrial, innovación y talento.
La competitividad de la zona Navarra-La Rioja no es fruto de la casualidad. Responde a décadas de cultura empresarial y de una clara orientación hacia la industria, la innovación y los mercados internacionales. Contamos con empresas sólidas, muy arraigadas al territorio, que han sabido combinar visión de largo plazo, capacidad de adaptación e inversión continua.
Otro factor diferencial es la existencia de ecosistemas empresariales que generan conocimiento y favorecen la cooperación entre compañías, centros tecnológicos y universidades.
Sin embargo, la mayor amenaza para un territorio competitivo es la autocomplacencia. En un contexto global marcado por la transformación tecnológica, la sostenibilidad y la creciente competencia internacional, debemos seguir apostando por la innovación, la digitalización, la profesionalización de la gestión y el crecimiento empresarial. La competitividad no es una posición que se alcanza; es una carrera continua en la que cada día hay que volver a demostrar capacidad de adaptación y liderazgo.
Si tuviera que elegir una única palanca, elegiría el talento.
Las infraestructuras, la energía o la fiscalidad son elementos fundamentales, pero son las personas quienes transforman las oportunidades en resultados. La capacidad de atraer, desarrollar y retener talento va a determinar qué territorios liderarán la próxima década.
Además, el concepto de talento hoy es mucho más amplio que hace unos años. Hablamos de capacidades técnicas, pero también de liderazgo, emprendimiento, adaptación al cambio y competencias digitales. La irrupción de la inteligencia artificial está acelerando esta necesidad de actualización permanente.
Por ello, debemos construir una estrategia compartida entre empresas, centros educativos e instituciones para conectar mejor la formación con las necesidades reales del tejido productivo y para convertir Navarra y La Rioja en territorios atractivos para vivir, trabajar y desarrollar proyectos profesionales de alto valor añadido.
Muchas empresas de Navarra y La Rioja han demostrado una gran capacidad exportadora, pero competir globalmente exige cada vez más dimensión, especialización y presencia directa en los mercados.
Las principales barreras suelen estar relacionadas con el tamaño empresarial, el acceso a talento internacional, la financiación de proyectos de crecimiento y la capacidad para gestionar organizaciones cada vez más complejas y dispersas geográficamente. En muchos casos, el reto ya no es vender fuera, sino operar fuera con estructuras propias y generar ventajas competitivas sostenibles en distintos mercados.
En este contexto, las empresas tractoras tienen una responsabilidad relevante. No solo generan empleo y actividad económica, sino que pueden actuar como catalizadores del crecimiento de todo el ecosistema empresarial. Compartir conocimiento, impulsar cadenas de valor más sólidas, colaborar con proveedores locales en procesos de internacionalización e incorporar a pymes innovadoras a proyectos globales son algunas de las formas en las que pueden contribuir a fortalecer la competitividad conjunta del territorio.
El éxito de los próximos años dependerá menos de empresas que compitan de forma aislada y más de ecosistemas empresariales capaces de crecer, innovar e internacionalizarse de manera colaborativa.
La innovación solo genera impacto cuando se traduce en mejoras reales de productividad y competitividad. Por eso, el reto no es únicamente desarrollar tecnología, sino conseguir que llegue de forma efectiva a las empresas y sus procesos productivos.
La inteligencia artificial es un buen ejemplo. Tenemos que entenderla y conocer sus posibilidades antes de lanzarnos. No se trata de utilizar la IA por moda, sino por retornos reales.
Muchas empresas tienen aún deberes “higiénicos” que hacer antes de poder aprovecharse realmente de la IA. Esa estructura secuencial es importante tenerla clara. Eso nos darán un plan claro a seguir por plazo y presupuesto con retorno. Como cualquier otra inversión.
Por ello, la colaboración entre empresas, universidades e instituciones debe orientarse a resultados concretos. Necesitamos más proyectos piloto compartidos, programas de transferencia tecnológica, formación adaptada a las necesidades empresariales y espacios donde las compañías puedan experimentar con nuevas tecnologías que les permitan entender las posibilidades que puede tener.
Las universidades y centros tecnológicos deben acercarse aún más a la realidad empresarial, y las empresas debemos participar activamente en la definición de los perfiles profesionales que necesitaremos en los próximos años. Por su parte, las administraciones pueden actuar como facilitadoras, eliminando barreras y favoreciendo entornos de colaboración.
La buena noticia es que partimos de una posición privilegiada. Navarra y La Rioja cuentan con universidades, centros tecnológicos y empresas muy comprometidas con la innovación. Si conseguimos trabajar de forma coordinada, podemos convertir la inteligencia artificial y la digitalización en una auténtica ventaja competitiva para todo el territorio.
La mala, que para cualquier colaboración se necesita una velocidad de crucero compartida, y por lo general la velocidad empresarial es más exigente.