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Las virtudes cardinales aplicadas al liderazgo durante el confinamiento

Todas las épocas esperan lo mejor de nosotros, que despleguemos nuestra excelencia individual para contribuir a la excelencia empresarial y social. Pero, si hay algún momento en el que esto se pone más de relieve que nunca, ese es mientras se atraviesan unas dificultades como las actuales.

Esta época, marcada por las medidas de confinamiento para afrontar la COVID-19, pone a prueba todo nuestro mundo interior, formado por nuestra seguridad personal (autoestima, autoimagen, autoconcepto) y nuestro grado de madurez (capacidad para positivizar las experiencias negativas), dos factores profusamente descritos por Antoni Bolinches, así como por nuestro eje de valores, bien descrito por Pilar Jericó, que debería estar más alineado hacia el «ser» que hacia el «tener».

El resultado de las interacciones de los elementos de nuestro mundo interior contribuye a generarnos una sensación de mayor o menor cobertura de nuestras necesidades básicas descritas por Maslow: a) fisiología-salud (mantener la homeostasis o el equilibrio del cuerpo, para lo que resultan determinantes factores como una alimentación sana y unos ciclos equilibrados de actividad y sueño reparadores), b) seguridad (certidumbre para afrontar los cambios o para la subsistencia propia y familiar), c) afiliación (establecer relaciones afectivamente significativas), d) reconocimiento (no solo ser aceptado por un grupo, sino, además, ser considerado relevante en él) y e) autorrealización (mantener la coherencia entre la conducta y las creencias y los valores y trascender en la consecución de un propósito propio).

Nuestro mundo interior actúa catalizando el paso de «cobertura objetiva» de necesidades básicas a «cobertura subjetiva». Esto explica cómo aquellas personas con un claro grado de menor cobertura de necesidades básicas despliegan una conducta más virtuosa consigo mismas y con los demás que otras con un mayor grado de cobertura objetiva de necesidades básicas, pero que, por la interpretación condicionada por su prisma personal (falta de seguridad, madurez y valores), despliegan una conducta más defensiva y egocéntrica y menos sociocéntrica.

La conducta sigue a la emoción como la sombra al cuerpo, y por eso el verdadero trabajo interior debe ser emocional para después expresarlo naturalmente y sin tener que pasar por el filtro cognitivo de la represión a través de la conducta.

Asimismo, es un hecho que la relación emoción-acción es bidireccional y que, por tanto, nuestros actos también influyen en nuestro estado emocional. En términos prácticos, siempre es más fácil empezar por ese nivel, y por eso quiero plantear reflexiones sobre cada una de las cuatro virtudes cardinales descritas por Platón en La República, virtudes que más tarde fueron desarrolladas por santo Tomás de Aquino en Suma Teológica.

Nos cuenta Victoria Camps en su libro Virtudes públicas que la palabra «virtud» procede del griego areté y se entiende como ‘aquello que una cosa debe tener para funcionar bien y para cumplir satisfactoriamente el fin para el que está destinada’. Para los griegos, cada uno era excelente en la medida en que desempeñaba perfectamente su función. El virtuosismo consiste en ser capaz de manifestar todas las posibilidades que uno tiene, o, como se dice hoy en día, en ser «la mejor versión de uno mismo».

En palabras de Aristóteles o santo Tomás de Aquino, la virtud es la cualidad de una persona que le permite progresar hacia el logro del fin específico humano. Para Benjamin Franklin, la virtud es una cualidad útil para conseguir el éxito terrenal y celestial.

Entendiendo qué es la virtud, veamos cuáles son las cuatro virtudes cardinales descritas por Platón y cómo podemos reflexionar sobre ellas en nuestro momento actual:

Sabiduría o prudencia: véase el todo

La sabiduría implica una mirada de conjunto, y para ello es especialmente importante escuchar las discrepancias. Una mirada sabia es una mirada estratégica, es decir, dirigida al largo plazo, en oposición a la táctica necesaria para el corto plazo. Mantener una mirada sabia es tener una perspectiva histórica de lo que está sucediendo y saber que, si bien no hay referentes exactos para lo que estamos viviendo, sí podemos intuir que las anteriores epidemias han pasado, es verdad que necesitando más tiempo y produciendo más bajas de las que esperamos ahora, incluso sin hacer nada. Si esto lo contextualizamos con el conocimiento epidemiológico actual, tenemos motivos para ser optimistas en lo relativo al control de la enfermedad. Respecto al contexto económico y empresarial, está claro que ninguna empresa sobrevive centrada solo en el largo plazo, por lo que una mirada sabia implicará escuchar todas las voces posibles en un equipo para capitalizar la energía y proponer soluciones innovadoras con las que adaptarse a un entorno que ha dejado de ser turbulento para convertirse en crítico. Hay colaboradores dentro de los equipos con ideas mucho más grandes que su puesto en la jerarquía, y constituye una señal de imprudencia por sus líderes no escucharlas pensando que las buenas ideas solo vienen de la dirección porque tiene más información. A veces, el exceso de información realista actúa como el gran castrador de la innovación.

Fortaleza o pasión: entréguese el todo

La fortaleza está especialmente relacionada con el afrontamiento del miedo a fin de volcar todo el potencial hacia un objetivo. En este sentido, los cambios se avecinan y, si la sabiduría nos acercaba a ser conscientes de cómo enfocarlos, la fortaleza debe ser el motor que nos empuje a llevarlos a cabo. En cierto que la situación actual mata varios mercados, pero también abre otros y aquellos equipos más temerosos que se queden esperando el regreso de su «queso» pueden morir de hambre. El cambio ya está aquí; es cierto que no ha habido una etapa para prepararse, ni para intuirlo, pero por eso mismo no hay tiempo que perder y hacer las cosas rápido no es sinónimo de hacerlas mal cuando se ha reflexionado sobre ellas. Una vez más, la realidad es neutra y todo depende de nuestra acción ante ella.

Templanza: mídase el todo. La templanza es sinónimo de mesura y de control en las cosas, de la imposición de la razón a los apetitos. La templanza no parece ser la virtud cardinal más brillante, pero sin ella todas las demás no son nada, ya que la persona virtuosa es, por definición, equilibrada. La templanza matiza a la sabiduría para diferenciarla de la erudición y evita que la fortaleza se convierta en temeridad. En estos momentos de confinamiento en los que estamos en nuestras casas, las relaciones familiares se intensifican y se potencian más que nunca los fenómenos de saturación (la repetición de un pequeño elemento negativo lo convierte en grande y conduce al hartazgo) y de minimización (la repetición de cosas positivas les hace injustamente perder su valor). La templanza es necesaria en los aspectos empresariales, pero, sobre todo en esta época de confinamiento, es de mucha relevancia aplicada al entorno familiar. Las emociones negativas que se pueden desprender de esta situación (como la rabia o la frustración, que se pueden expresar mediante la ira) deben ser canalizadas a fin de no añadir más entropía al círculo familiar, lo cual tiene una relación bidireccional con el entorno empresarial. Las videollamadas con niños saltando por encima deben ser digeridas con una altura de miras que quizá nunca habíamos sospechado que conseguiríamos; toda dificultad, llevada con dignidad, puede ser un ladrillo más en el muro de nuestra madurez personal.

Justicia. Repártase a quien corresponda

La justicia puede entenderse como la virtud de dar a cada uno lo que le corresponde por derecho. En estos momentos de confinamiento, la ética de nuestras actuaciones toma más sentido que nunca, ya que el control de la COVID-19 depende de la suma de las acciones individuales. Por eso, cumplir con las normas de confinamiento es un acto ético y de justicia para con nuestra sociedad. En lo relativo a la actividad empresarial, debemos decir que nunca antes se había visto una situación en la que la solidaridad (que es una virtud relacionada con la virtud cardinal de justicia, puesto que la primera corrige los defectos de la segunda) había sido más importante. Hay cosas que a nivel empresarial quizá no tienen por qué hacerse, pero que, en el ámbito individual de nuestros colaboradores, hacerlas se vuelve más importante que nunca. Demostrar solidaridad con nuestros colaboradores va a redundar en un compromiso mucho mayor por parte de estos.

Por tanto, desplegar nuestra excelencia en estos tiempos difíciles resulta más importante que nunca para conseguir el éxito en lo personal y en lo empresarial, que, actualmente, ya puede considerarse a este como el mero hecho de sobrevivir en ambas esferas. Una vez más, la realidad presente es neutra y solo en función de la mayor o menor excelencia que demostremos se conformará nuestro futuro.

Ángel Herraiz Tomey
Consultor, formador y orador en liderazgo y estrategia empresarial.
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