Salí del Consejo de APD Norte en Bilbao con una idea clara. Habíamos hablado de competitividad, de datos, de fortalezas, de retos y de futuro. Algunos sectores ya conviven con la pérdida de ventaja competitiva. El resto no podemos esperar a verla reflejada en la cuenta de resultados para reaccionar. El momento de ponernos en clave de transformación es ahora, cuando todavía estamos a tiempo.
En Euskadi no partimos de cero. El Barómetro de Competitividad presentado por APD muestra una realidad que reconocemos en nuestro tejido empresarial: fortalezas importantes en innovación y transformación, una base institucional sólida y empresas que han sabido competir, resistir, invertir, adaptarse y abrir mercados. También señala retos en capacidad empresarial, escalado, inversión y atractivo exterior. Esa combinación es precisamente la más interesante: tenemos una base competitiva valiosa, pero no podemos darla por garantizada.
El Barómetro muestra una realidad que reconocemos en nuestro tejido empresarial: fortalezas importantes en innovación y transformación, una base institucional sólida y empresas que han sabido competir, resistir, adaptarse y abrir mercados
Muchas compañías han llegado hasta aquí porque han hecho bien las cosas durante mucho tiempo. En nuestro entorno reconocemos campeones ocultos, empresas industriales innovadoras y pymes que han conseguido convertirse en referencia internacional en su nicho. Eso no ocurre por casualidad. Es fruto de mucho trabajo, mucho oficio, muchas decisiones bien tomadas y también de un entorno institucional que, con sus limitaciones, ha entendido históricamente la importancia de acompañar el desarrollo empresarial e industrial.
Esa fue la reflexión que me traje de vuelta a la empresa: las inercias no siempre ayudan y nos cuesta cambiar lo que todavía creemos que funciona, aun cuando las señales de alerta sean cada vez más evidentes. ¿No es nuestra obligación como líderes de organizaciones replantearnos nuestra forma de organizarnos, de decidir, de relacionarnos con el cliente o de entender el compromiso de las personas?
Enseguida me vinieron a la mente ejemplos concretos. Un cliente internacional que antes era una oportunidad evidente hoy puede venir acompañado de una incertidumbre mucho más difícil de gestionar. Una elección sobre inteligencia artificial obliga a definir qué conocimiento queremos capturar, qué tareas queremos transformar y qué criterio humano necesitamos reforzar. Una organización que creció gracias al empuje de unas pocas personas puede descubrir que ese mismo modelo limita su siguiente salto. Una persona joven con talento puede entrar en la empresa y marcharse pronto si no encuentra espacio real para desarrollarse y conciliar su vida personal y profesional.
La competitividad deja de ser solo un indicador y se convierte en una práctica diaria: decidir antes, aprender más rápido y compartir mejor el conocimiento
Desde ahí, la competitividad empieza a leerse de otra manera. Deja de ser solo un indicador y se convierte en una práctica diaria: decidir antes, aprender más rápido, compartir mejor el conocimiento y hacer que las personas se sientan parte de un proyecto que merece la pena construir.
Hasta ahora hemos medido la competitividad mirando capacidades: innovación, talento, inversión, productividad, internacionalización. Todo ello seguirá siendo importante. El siguiente paso será medir también la capacidad de transformación: cuánto tardamos en decidir cuando vemos una señal de cambio, cuánto aprendemos de lo que hacemos, cómo implicamos a las personas en los proyectos empresariales y cómo convertimos la tecnología y el conocimiento en futuro empresarial.
La sensación es que todo se acelera. Las nuevas tecnologías cambiarán la forma en que trabajamos, decidimos y aprendemos. La geopolítica dará más peso a las cadenas de suministro, las dependencias y las alianzas. La descarbonización y el coste de la energía serán cuestiones cada vez más críticas. La evolución demográfica aumentará el valor de atraer personas a la industria e impulsar nuevos liderazgos en las organizaciones. Son fuerzas que ya están modificando la competitividad real de las empresas.
Seguimos intentando atraer a las personas con códigos, relatos y modelos que necesitan ser actualizados
Los retos son muchos y la incertidumbre es elevada. Si los miramos todos a la vez -tecnología, geopolítica, energía, demografía, talento- corremos el riesgo de esperar a tener una claridad que el contexto quizá no nos va a dar, o de reaccionar demasiado rápido, confundiendo movimiento con transformación. Desde mi experiencia, el primer paso está en quienes tenemos la responsabilidad de mover las organizaciones.
En casi todos los foros empresariales se repiten diagnósticos que conocemos bien: cuesta atraer talento, la industria no resulta suficientemente atractiva, las nuevas generaciones se relacionan de otra manera con el trabajo, hay menos compromiso entendido en términos tradicionales. Puede haber cierta verdad en todo ello, pero también es cierto que seguimos intentando atraer a las personas con códigos, relatos y modelos que necesitan ser actualizados.
Quienes tendrán que decidir mañana no pensarán igual que quienes hemos decidido hasta ahora. Tendrán otras herramientas, otra relación con los datos, otra forma de aprender y otra manera de entender el equilibrio entre trabajo, desarrollo profesional y vida. La inteligencia artificial acelerará muchas decisiones, pero también exigirá más criterio. La tecnología dará más capacidad, pero no sustituirá la responsabilidad. Si queremos que ese potencial llegue a nuestras empresas, tendremos que competir también en algo menos tangible pero decisivo: la percepción de que la empresa industrial puede ofrecer futuro, aprendizaje y un proyecto en el que merezca la pena implicarse.
La IA acelerará muchas decisiones, pero también exigirá más criterio. La tecnología dará más capacidad, pero no sustituirá la responsabilidad
La empresa será más competitiva cuanto mejor decida en la incertidumbre, incorporando tecnología donde realmente transforme el negocio, compartiendo el conocimiento que hoy sigue demasiado concentrado y creando entornos donde las personas quieran implicarse. Tendrá que hacerlo con mayor apertura a la colaboración en red, porque muchos de los retos que vienen exigirán capacidades que difícilmente se concentran en una sola organización.
El cambio empieza en cada empresa, pero gana fuerza cuando se conecta y se escala. Sectores, territorios y generaciones distintas estamos enfrentando desafíos parecidos desde realidades muy diferentes. Ahí APD puede contribuir creando espacios donde compartir, aprender, debatir y generar conversaciones que ayuden a transformar.
El 70 aniversario de APD llega en un momento oportuno para hacer algo más que mirar atrás. El próximo Congreso nos invita a “pensar diferente” y a “competir juntos” en un mundo en desorden. Pensar diferente será también revisar cómo medimos la competitividad: los indicadores nos dicen dónde estamos; la competitividad que viene dependerá de cómo logramos evolucionar nuestras organizaciones sin perder lo que nos ha hecho fuertes.