Castilla-La Mancha tiene ante sí el reto de transformar su potencial agroalimentario en mayor valor añadido, innovación y crecimiento empresarial. Román Cantarero, CEO de Vinos y Bodegas, analiza las oportunidades de la región y destaca la importancia de impulsar la transformación industrial, la digitalización, el talento y la colaboración entre empresas e instituciones para reforzar su competitividad y proyección internacional.
En el sector agroalimentario, uno de los principales pilares es la exportación. La adaptación de las empresas a los nuevos requerimientos de los consumidores, así como la fabricación de productos sostenibles en toda la cadena y las certificaciones de calidad necesarias para cada mercado, son oportunidades claras para crecer en estos mercados internacionales.
Las inversiones en mejoras de eficiencia energética en todas las etapas de los procesos productivos serán clave para ser más competitivos, así como la adopción de todas las herramientas digitales disponibles (ERP, CRM, IA, etc.). Si esto lo aplicamos al sector vitivinícola, creo que la clave está en dejar de ver Castilla-La Mancha solo como una región productora y convertirla en una región transformadora. Somos el mayor viñedo del mundo, y aun así, una parte importante del valor de la uva se genera fuera de aquí. Nuestra experiencia con los zumos concentrados de uva, el mosto y el zumo desionizado y los zumos NFC lo demuestra: cuando transformas en origen y vendes ingredientes a fabricantes de bebidas de todo el mundo, multiplicas el valor de la misma materia prima.
Veo tres oportunidades concretas.
Para que esto ocurra, pediría tres cosas al entorno. Primero, ayudas más ágiles y con mayor seguridad jurídica: la complejidad y los plazos de la tramitación desincentivan a quien quiere invertir. Segundo, apoyo para atraer y retener talento técnico en el medio rural. Y tercero, una apuesta decidida por la gestión del agua, que es el gran condicionante de nuestro futuro agrario e industrial. El dinamismo empresarial ya existe. Lo que falta es convertirlo en escala y en valor añadido, y la industria agroalimentaria puede ser la locomotora de esa transformación.
En nuestro sector lo vemos cada día: la dificultad no está en encontrar personas, sino en encontrar perfiles preparados para una industria agroalimentaria cada vez más tecnológica. Necesitamos técnicos de planta que entiendan de automatización y control de procesos, especialistas en calidad y seguridad alimentaria, enólogos y técnicos agrícolas con formación digital, y perfiles de comercio internacional. Y los necesitamos aquí, en el medio rural, que es donde están las plantas.
Creo que la colaboración puede reforzarse en tres direcciones.
Las empresas también tenemos que asumir nuestra parte: abrir las puertas, dedicar tiempo de nuestros técnicos a tutorizar y ver la formación como una inversión, no como un coste. Si conseguimos que FP, universidad y empresa trabajen como un ecosistema y no como compartimentos estancos, el talento dejará de ser un cuello de botella y se convertirá en una ventaja competitiva de la región.
El impacto sería enorme, porque hoy, cuando una empresa decide dónde invertir no evalúa cada infraestructura por separado, sino el conjunto. Y basta con que falle una para que el proyecto se vaya a otra región.
Lo vivimos en primera persona. La concentración de zumo de uva es un proceso intensivo en energía y en agua. Exportamos a clientes de todo el mundo, así que dependemos de una logística eficiente hacia los puertos. Y necesitamos técnicos que quieran vivir cerca de la planta. Si una de esas piezas no está, la inversión no se hace o se hace en otro sitio.
Veo tres aspectos en los que una planificación integrada marcaría la diferencia.
La clave está en la coordinación. Si energía, agua, logística, conectividad y vivienda se planifican juntas, con visión territorial y pensando en dónde está y dónde puede estar la industria, la región puede ofrecer algo que pocas tienen: suelo, recursos, energía limpia y calidad de vida. Eso es lo que atrae proyectos, crea empleo estable y, en definitiva, frena la despoblación.
El sector agroalimentario es probablemente el activo más sólido de la región, pero tiene un riesgo: que nos acomodemos a ser el gran proveedor de materia prima y productos a granel. Para reforzar la cadena de valor, el relevo y la marca, veo tres palancas.
La primera es una cadena de valor más integrada y estable. El agricultor, la cooperativa, la industria y el cliente final no pueden ir cada uno por su lado. Cuando hay relaciones a largo plazo, con contratos estables, precios que reconocen la calidad y transferencia de conocimiento técnico al campo, todos ganamos: la industria se asegura materia prima de calidad y el productor tiene previsibilidad para invertir. En nuestro caso, trabajar codo con codo con los viticultores y las cooperativas es lo que nos permite cumplir las exigencias de clientes internacionales muy exigentes en calidad y trazabilidad.
La segunda es el relevo generacional, y aquí soy claro: los jóvenes se incorporarán al campo si el campo es rentable y moderno. No basta con las ayudas de instalación. Hace falta acceso a la tierra y a la financiación, explotaciones con dimensión suficiente, mecanización y digitalización que hagan el trabajo más atractivo y formación en gestión empresarial. El joven agricultor de hoy tiene que verse como un empresario, no como alguien que hereda una carga. Y la industria tiene un papel en eso, ofreciendo estabilidad y una salida de valor a su producción.
La tercera es construir una marca Castilla-La Mancha con identidad propia en el exterior. Somos líderes mundiales en superficie de viñedo y exportamos a todos los continentes, pero muchas veces nuestro producto llega al consumidor final bajo otras marcas o como ingrediente anónimo. Tenemos que contar mejor quiénes somos: una región con escala, calidad contrastada, sostenibilidad y capacidad de innovación. Eso pasa por una promoción exterior más coordinada entre empresas, asociaciones de viticultores, cooperativas y Administración, por presencia conjunta en ferias y misiones comerciales, y por apoyar especialmente a las pymes y cooperativas en sus primeros pasos internacionales.
Al final, todo está conectado. Una cadena de valor fuerte genera rentabilidad, la rentabilidad atrae a los jóvenes y una marca reconocida permite vender mejor y defender precios. Si conseguimos que el valor de lo que producimos se quede en la región, el sector agroalimentario puede ser no solo un activo, sino el motor de su futuro.