La oficina atraviesa una transformación profunda impulsada por el trabajo híbrido, la digitalización y nuevas exigencias en torno al bienestar, la productividad y la experiencia de uso. En este nuevo escenario, Alejandro Pociña, Presidente de Steelcase Iberia, analiza cómo están cambiando los espacios de trabajo y por qué el inmobiliario corporativo compite cada vez más por su capacidad para generar valor para las personas y las organizaciones.
Para entender esta transformación hay que partir de una realidad incuestionable: el trabajo ha cambiado radicalmente. Hoy la oficina ya no es el único lugar donde se trabaja. En un entorno híbrido, compite con otros espacios y son las personas quienes eligen.
Esto sitúa a la oficina en el centro de la conversación estratégica. Tiene que aportar un valor diferencial, algo que no pueda encontrarse en ningún otro lugar: mejores interacciones, mayor agilidad, aprendizaje, capacidad de concentración y un impacto positivo en el bienestar.
Ya no se trata de ocupar metros cuadrados, sino de generar motivos reales para que las personas quieran estar. El activo inmobiliario ha dejado de competir por superficie para competir por la experiencia que es capaz de generar.
Tras varios años de ajuste y experimentación, las organizaciones empiezan a contar con patrones de uso más estables y predecibles. Esto les permite abordar decisiones estructurales sobre el espacio de trabajo con mayor claridad, una visión más estratégica y datos más fiables. En el último año, el modelo híbrido ha entrado en una fase de estabilización: un 75% de los profesionales en España trabaja principalmente desde la oficina (tres o más días a la semana), mientras que solo un 10% lo hace exclusivamente en remoto.
El valor diferencial del espacio físico hoy está en amplificar aquello que no se puede automatizar ni replicar en remoto: la calidad de las interacciones, el aprendizaje entre personas y la toma de decisiones complejas, y en sostener el bienestar en un entorno cada vez más exigente. Es precisamente ahí donde el espacio impacta de forma directa en la productividad, la innovación y el compromiso.
Una parte relevante del parque de oficinas sigue respondiendo a modelos heredados, pensados para una ocupación homogénea y estable que ya no existe. Espacios con puestos asignados, poca flexibilidad y diseñados para presencia continua, cuando la realidad hoy es mucho más dinámica.
Muchas organizaciones ya operan con ratios de ocupación compartida de 2:1, lo que refleja una lectura más realista del uso efectivo de la oficina.
Según nuestra última investigación, el 96% de los directivos de Real Estate prevé invertir en la transformación de sus oficinas antes de 2027. Esta urgencia responde a un cambio estructural en el uso del espacio: la oficina ya no funciona de forma homogénea, sino que a lo largo del día conviven necesidades muy distintas.

Según nuestra investigación de 2025, realizada con más de 500 directivos, el 58% señala como principal motivo para trasladarse a edificios de categoría A+, (categorización definida por distintos estándares técnicos del sector, como los de la Asociación Española de Oficinas), la posibilidad de contar con espacios de alto rendimiento, por delante incluso de factores tradicionalmente clave como la estética (46%) o la ubicación (45%).
Esto refleja un cambio de prioridades. La oficina deja de evaluarse solo en términos de imagen o localización y pasa a medirse por su capacidad de mejorar cómo trabaja la organización.
Hablamos de espacios que permiten concentrarse mejor, colaborar de forma más eficaz, aprender más rápido y, en definitiva, tomar mejores decisiones. La calidad del espacio deja de ser aspiracional y se convierte en un factor directamente ligado al desempeño empresarial.
Nuestra investigación muestra cinco grandes líneas de evolución de aquí a 2027.
La primera es la consolidación de modelos sin puesto fijo, con mayor flexibilidad y ratios de ocupación compartida que permiten optimizar el uso del espacio.
La segunda es el diseño basado en actividades. Las oficinas dejan de organizarse en torno a la presencia y pasan a estructurarse en función de lo que las personas necesitan hacer en cada momento.
La tercera es un salto en la calidad del entorno. El 41% de los líderes ya identifica los amenities del edificio como un factor clave, porque la oficina tiene que competir con el trabajo en remoto ofreciendo una mejor experiencia holística.

La cuarta es la preparación para trabajar con inteligencia artificial, integrando nuevas dinámicas de colaboración entre personas y tecnología. Esto implica crear espacios donde analizar información y tomar decisiones de mayor valor, así como entornos de socialización que ayuden a gestionar la carga cognitiva de un contexto marcado por el aumento de datos e información.
Y la quinta es la adaptabilidad. El 43% de los directivos prioriza la capacidad de que el espacio evolucione en el tiempo y el 34% la diversidad de entornos, lo que refleja la necesidad de diseñar oficinas preparadas para el cambio continuo.
El primer paso es que el directivo sea consciente de que la oficina es una herramienta de negocio con impacto directo en la productividad, el compromiso y la capacidad de atraer y retener talento. Si una organización quiere mejorar estos factores, tiene que activar todas las palancas a su alcance, y el espacio es una de las más determinantes. No se trata solo de rediseñar una oficina, sino de alinear el entorno con la forma en la que realmente se trabaja.
En cualquier organización que aspira a competir al máximo nivel, el entorno no es neutro. Sucede algo similar en el deporte de élite: cuando se exige un rendimiento excepcional, se cuidan al detalle las condiciones y se dota a los equipos de todo lo necesario para rendir. Del mismo modo en la empresa, crear el entorno adecuado y proporcionar a las personas las herramientas necesarias para dar lo mejor de sí mismas es asegurar que ese rendimiento es posible.